Uniformes, género y sexualización. La infancia mexicana ante los estereotipos de lo masculino

Por Óscar Antonio Amórtegui Cañedo 

La más reciente legislación entorno a la neutralidad del uniforme escolar, en la educación pública básica, ha colocado sobre la mesa un tema que, con frecuencia, queda eliminado del debate público, ya sea por omisión o por tabú, negamos la existencia de la sexualización de la infancia, hecho cuya consecuencia última es la perpetuación de un sistema sostenido en la dominación de los cuerpos.  

Las redes sociales están inundadas de todas las posiciones políticas posibles entorno a esto: existen quienes se ofenden, y quienes sostienen la libertad de cada niño o niña para elegir su vestimenta, por encima de constructos sociales entorno al género cuya obsolescencia cae, cada día más, por efectos de su propio peso. Son los primeros quienes, en general, demuestran mucha más agresividad en sus argumentos, recurriendo a insultos y falacias absurdas, basadas en el sometimiento de grupos sociales enteros: en específico, las mujeres y la comunidad homosexual.  

Aclaremos algo: la legislación de neutralidad en el uniforme escolar está pensada en beneficio de las niñas. Busca ofrecerles mayor libertad de movimiento, aumentar el rango de actividades posibles a realizar; debe interpretarse como un acto en aras de una mayor equidad de género, para que las niñas tengan oportunidad de realizar roles que les han sido tradicionalmente negados. Como efecto colateral de esta ley, estaría permitido que los varones usaran faldas dentro de la escuela.  

Uno de los comentarios más frecuentes entorno a esta regulación radica en el descalificativo de las comunidades homosexual y transexual: “ahora es obligatorio que todos los niños se vuelvan gays”, y demás conjugaciones del mismo núcleo. De este modo, las personas no solo descolocan a la población objetivo de la nueva legislación (las niñas), sino que aprovechan para arremeter contra un sector social previamente dominado por las nociones tradicionales de la sexualidad.  

Esta es una sexualización de la infancia centrada en la masculinidad, o, más en concreto, en la masculinización del varón. Se reafirma en la expectativa, en la espera de que se cumplan ciertos criterios que convierten al hombre en hombre. La fragilidad de la identidad masculina, viril dentro de su blandura, se enfrenta a la rígida tela de una falda escolar, y pierde el combate.   

La heterosexualidad, masculina y tóxica, se regodea en denigrar a la comunidad LGBT+. De todos los modos posibles, siempre se han encontrado formas de sujeción. El hétero nos hace saber constantemente que está por encima de nosotros, quienes pertenecemos a la comunidad LGBT+, que tiene poder sobre nuestros cuerpos, nuestra integridad y los vínculos sexoafectivos que escogemos formar. El garrote en turno gira alrededor de los uniformes escolares.  

Aquel que no se adapta a la norma de lo masculino, debe ser eliminado. En mi opinión, esto se explica a partir de que los héteros ya no pueden ignorar nuestra presencia. Estamos aquí para quedarnos, y, como tal, representamos una amenaza latente para el dominio masculino-heterosexual. Por esto, me provoca mucha gracia leer comentarios alarmados de heterosexuales que temen que “la homosexualidad se vuelva obligatoria”. 

Homosexuales “radicales”, quienes vemos en la sexualidad algo más que la elección de vínculos físicos y emocionales, quienes consideramos que la orientación sexual puede ser un método para enfrentarnos, desde la diferencia, a sistemas de control políticos, sociales y culturales basados en la heterosexualidad, no podemos hacer más que desconcertarnos ante alguien que asegura con tal severidad que la homosexualidad se está convirtiendo en una imposición. 

¿Imposición de qué clase? ¿Si se convierte en una imposición, dejarán de perseguirme en la calle, o en el transporte público, cuando me vean besándome con un chico? Sexualizar a los niños, ligarlos directamente y desde etapas tempranas a las expectativas del género masculino, no hace más que reafirmar estos estereotipos dañinos, sostenidos en la opresión de los homosexuales.  

Así que no, no debemos crear puentes entre la vestimenta y el género, o, por lo menos, no aquellos puentes que latiguean a todo un grupo social, y que producen un intenso miedo en quienes elegimos que nos gustan más los hombres. Dejemos de justificar el abuso sobre los homosexuales, por parte de un sistema heterosexual masculinista, y comencemos a repensar lo básico: ¿por qué el uso de faldas es exclusivo de las niñas? ¿Es un designio divino? ¿Las niñas nacieron con ellas, y los niños con pantalones? ¿No será una excusa más para evitar que salgamos de una cómoda zona de confort, donde se ejerce la dominación de lo heterosexual masculinista por encima de lo femenino y lo homosexual? 

Una vez dicho esto, podríamos volver a centrar la discusión de los uniformes en la población pilar de la misma: las niñas, su comodidad y su libertad. Dejemos los estereotipos de género a un lado, no reproduzcamos discursos de odio e intolerancia. Al final, comentarios como los mencionados aquí no hacen más que denotar el profundo miedo a lo diferente que tienen los héteros. Ese miedo tan característico, que sienten los poderosos cuando su dominio se ve amenazado.  

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